Familia

Los niños y el divorcio


El divorcio es una situación difícil y muy dolorosa para la pareja.
Pero es mucho peor para los hijos.

Cuando los adultos se divorcian, pierden una relación, sus sueños, su identidad como familia y pareja, sus amigos, etc.
Su vida económica, trabajo y actividades diarias se ven afectadas.

Sufren y generalmente se sienten atrapados en un caos emocional.

A los hijos les pasa lo mismo.

Pierden la cercanía física o emocional con uno o ambos padres, su identidad como familia, su estabilidad, su seguridad emocional, etc.
También se afecta su vida diaria, sus rutinas y su vida emocional está fuera de su control.

 

Síntomas del divorcio

El divorcio es siempre para los hijos una experiencia diferente que para los padres: la familia en la cual los niños nacieron, crecieron y vivieron toda su vida se muere y cualquiera fueran sus deficiencias, sienten que es la entidad que les brinda el apoyo y la seguridad que necesitan. El ser humano, al nacer, requiere del cuidado de sus progenitores durante mucho más tiempo que cualquier otra especie y los niños son conscientes de esa dependencia.

 

Investigadores de distintas especialidades han estudiado los efectos del divorcio en los niños y adolescentes, pero no hay conclusiones unánimes. Un estudio publicado por UNICEF señala que las consecuencias pueden ir de moderadas a graves, de transitorias a permanentes y que dependen: 1) del grado del conflicto previo, especialmente que se involucre o no a los hijos, 2) del ejercicio o no de la coparentalidad (crianza conjunta de los hijos) y 3) de los efectos del deterioro

económico y del estilo de vida que por lo general trae aparejado.

 

Las reacciones y sentimientos de los niños dependen de diferentes factores: edad, explicaciones recibidas, continuidad de la relación con ambos progenitores, acuerdos o desacuerdos entre los padres, grado de hostilidad entre los mismos, intervención de otros adultos o sistemas, etc.

 

 

 

Entre los 3 y 5 años,

 

Es común que los niños pequeños esperen la reconciliación durante varios años. También creen ser responsables por el divorcio y como si hubieran hecho algo malo, se preguntan sí el papá (o la mamá) se fue porque ellos hicieron algo que no debían.

Pueden desarrollar:

  • conductas regresivas, como: orinarse en la cama, succionar el pulgar, hablar como bebé o portarse mal
  • miedo ante el derrumbe de la estructura familiar
  • miedo a no ver más al padre que se va de la casa o a que el otro lo abandone
  • miedo a que los padres dejen de quererlo. Miedo al rechazo.
  • enojo, que manifiestan golpeando o rompiendo sus juguetes
  • tristeza, depresión, baja autoestima
  • se sienten responsables del divorcio: auto – acusaciones
  • preocupación
  • usan la fantasía para negar lo que está sucediendo e imaginan que «sus padres se volverán a unir».

En esta etapa, los padres los ayudan cuando:

  • les aseguran una y otra vez que los quieren y los querrán siempre. Hay que repetírselos y demostrarlo tanta veces como sea necesario,
  • les aseguran que verán regularmente al padre que no convive (si efectivamente va a ser así),
  • les aseguran que no son responsables del divorcio,
  • les dicen que ellos también lamentan el divorcio y no haber podido resolver las cosas de otra manera,
  • los escuchan, permitiéndoles expresar su tristeza y su enojo,
  • les brindan apoyo y compresión,
  • no hablan mal del otro padre en su presencia. Los niños reciben cómo dirigida hacia su propia persona cualquier apreciación negativa o injuriosa que recaiga sobre un progenitor,
  • no los usan como mensajeros, espías o rehenes,
  • no les piden información acerca de que cosas tienen o hacen en la otra casa,
  • no los involucran en las peleas,
  • discriminan su rol de padres de su rol de ex cónyuges,
  • les explican los arreglos de vivienda, visitas y otros cambios que sucederán.

 

De 6 a 8 años:

No relacionan en un principio la conducta de sus padres con la disolución de la familia. Piensan que sus progenitores se volvieron locos, sienten miedo, angustia y desconcierto; están confundidos, tratando de comprender quienes son y adónde pertenecen. Cuando los padres se separan, los niños se sienten solos, impotentes, profundamente tristes, pero también con rabia y enojo.

El aspecto menos diagnosticado del divorcio es la depresión en los niños. A menudo están tristes, distantes y esquivos aunque les vaya bien en la escuela. Los síntomas incluyen mal humor, enojo y peleas. Habitualmente estos síntomas no son considerados una evidencia de depresión pero generalmente los son. Los chicos cuando se deprimen se vuelven irritables, contestan mal, no escuchan y hasta sobresaltan con exabruptos. Cuando la depresión no se detecta y orienta, estas conductas empeoran dejando perplejos y sin saber que hacer a padres y maestros.

A esta edad los niños:

  • idealizan al padre ausente y agreden aquél con el cual conviven,
  • sienten que sus padres son egoístas por no haber conservado la familia,
  • sienten que sus padres los han traicionado,
  • el miedo puede derivar en problemas de conducta,
  • están preocupados por el padre que se va, no importa cómo haya sido su relación con él,
  • otras veces sienten que el padre que se va de la casa los abandona deliberadamente,
  • sienten que no los quieren,
  • no pueden usar la fantasía para negar – como hacen los más chiquitos – pero no son lo suficientemente maduros como para entender el proceso de duelo,
  • anhelan volver a unir a sus padres,
  • se distraen con facilidad, dificultades para concentrarse en el juego y en las tareas escolares,
  • pueden convertirse en «cuidadores» de un padre (generalmente al que ven más sólo o más débil) o asumir un rol parental en el hogar,
  • llanto fácil, pesadillas, dolor de panza o de cabeza,
  • otras veces, dicen que «todo está bien», niegan la tristeza y la incomodidad o inventan historias sobre el padre ausente,
  • pueden tornarse demandantes para compensar lo que les falta,
  • en los «divorcios destructivos» el miedo deriva en el desarrollo patrones de comportamiento perjudiciales a largo plazo: mentira, robo o agresión,
  • otras veces, tienen conductas manipuladoras y aprovechan las fisuras entre los adultos para satisfacer sus caprichos,
  • hay niños que ven a sus padres violar las normas que ellos mismos les enseñaron y les da vergüenza cuando los escuchan pelear,
  • otros, cuando la tensión familiar crece, desarrollan síntomas físicos (vómitos, dolor de cabeza, de panza) que a modo de «bracke» separan a los contrincantes para ocuparse de ellos.

En esta etapa, los padres los ayudan cuando:

  • cumplen con lo especificado en el ítem anterior,
  • les explican el divorcio en términos que pueden entenderlos,
  • tratan de que entiendan, que así como no son responsables del divorcio, tampoco lo son de la reconciliación,
  • no los aceptan como «un jefe» en la casa, «cuidadores» o «aliados»,
  • aceptan sus sentimientos de enojo o de tristeza como naturales,
  • no los involucran en pelea conyugal,
  • los padres deben tratar de conservar estables tantos aspectos de la vida de sus hijos como sea posible.

Otro aspecto sumamente importante a tener en cuenta para el desarrollo saludable de los hijos, es que los padres deben mantener entre sí un diálogo regular, por ej., una llamada telefónica semanal, que les permita compartir los progresos psico – evolutivos y tomar conjuntamente las decisiones importantes de la vida de sus hijos. Cuando el nivel de hostilidad entre ellos no lo permite, es necesario buscar ayuda profesional para restaurar o construir el ejercicio conjunto de la parentalidad.