Desarrollo Emocional

Si tú estás bien, tu Hijo estará Bien


Seguramente hemos oído esta frase muchas veces y la aceptamos sin saber bien qué quiere decir con eso.

“Si tú estás bien” se refiere a que podamos estar disponibles, atentas y presentes a las necesidades que tienen nuestros hijos y poder sintonizar con ellos. Cuando nos encontramos en un estado depresivo o con mucha ansiedad respondemos de forma inapropiada.

Aunque nunca llegué a tener una depresión post-parto, hay momentos en que las madres están tan absorbidas con su propio dolor que no pueden reconocer la necesidad del otro. De cierta manera podría ser como si estuviesen anestesiadas.

Esto puede tener como consecuencia que el hijo aprenda que no tiene mucho sentido pedir ayuda y se cierre hacia dentro: “yo puedo solo”; “intentaré no sentir y no necesitar”; “no importo”. Es decir, el niño aprenderá a anestesiarse o desconectarse y vivirlo como algo normal.

En los momentos que estamos ansiosas podemos reaccionar de forma exagerada e intrusiva generando desconfianza en el niño. Puede ser que el niño piense “no es seguro expresar lo que siento” o “tengo que estar alerta porque no puedo prevenir lo que pasará”.

Si es que estas situaciones se repiten durante muchos años, las conclusiones a las que llegan los niños pueden acabar forjando su personalidad: “es muy independiente”; “nunca se queja”; “es demasiado inquieto”; “es muy sensible”. Y se relacionará con los demás de la misma manera que ha aprendido, tal vez no dando importancia a los sentimientos de los demás o los suyos; o tal vez desconfiando o de forma ambivalente.

“Si tú estás bien” no se trata de echar la culpa sino de dar una oportunidad de sanar las heridas para no arrastrarlas a otras relaciones.

Aunque pensamos que los niños no recuerdan su primera infancia, esta es la etapa más importante porque es la que les dará la información de cómo es estar con otros. Y es en este momento donde se establece el estilo de apego que influenciará a todas las relaciones futuras. Pero también coincide con un momento de muchos cambios para la madre (a nivel hormonal, logística, espacio personal, descanso…) por eso es importante reconocer cómo nos sentimos y pedir ayuda si la necesitamos.

A fin de cuentas el vínculo madre/hijo se va construyendo a lo largo de los años y es flexible o sea que puede cambiar.

¿Qué puedo hacer para mejorar el vínculo?

Interactuar de forma constante: La calidad del vínculo depende de la interacción y la repetición de encuentros entre la madre y el niño. La capacidad de la madre de entender las necesidades del niño y satisfacerlas es la base de esta relación.

Poner palabras a las sensaciones: la madre resuena o empatiza con el niño y sus sensaciones. Es ella la que al poner palabras a estas sensaciones convierte la confusión en claridad.

Jugar: la cualidad de resonancia o “attunement” es física y sensorial. Se considera que el vínculo afectivo tiene un componente lúdico y rítmico, a modo de danza o interpretación. Madre e hijo se comunican a través de la imitación y el juego de roles (aún en la sutileza de los primeros años).

Ser consciente: escuchar las necesidades de uno mismo y reconocer si estoy reaccionando acorde con la situación o más bien se están “filtrando” heridas del pasado. Y si es necesario pedir ayuda al esposo, amigas, madre, familiares o si se considera a un profesional.

Si el mensaje que nos gustaría enviar a nuestros hijos es “me importa tu dolor, lo veo y te quiero ayudar” entonces primero necesitamos hacer eso mismo con nosotras.